* Actis, María Florencia - Observatorio de Medios,
Comunicación y Género - Laboratorio de Comunicación y Género, FPyCS.
El femicidio de
Ángeles generó una notoria conmoción e impacto mediático, no sólo por las
características del crimen y el trágico desenlace, en un predio del Ceamse en
José León Suárez; también por reavivar los pedidos de seguridad equivalentes a
un mayor control policial y endurecimiento punitivo. Las crispaciones y reflexiones
que genera este tipo de hechos, generalmente no están orientadas hacia la
sensibilización y dimensión de la violencia de género, al grado de tolerancia y
naturalización social que existe en torno a esta forma particular de violencia.
Muy por el contrario, reconocen a la clase dirigente como única responsable del
hecho, obnubilando la raíz de esta problemática histórica, sustentable en el
tiempo por mecanismos de reproducción, también a pequeña escala.
La clase y el
género
Las características
de la cobertura mediática del caso de Ángeles, debe explicarse por la
intersección de las condiciones de género y clase. Para los medios hegemónicos,
a razón de los indicadores de clase –proveniente del barrio porteño de Palermo,
de familia de nivel medio-alto, de padre ingeniero y militante del PRO- inmediatamente
fue nombrada “la nena”, “la adolescente”. De hecho, más de un sitio web, ha
destinado la totalidad de una nota a describir los progresos profesionales de
Franklin Rawson, su padre. “Actualmente,
ocupa el puesto de jefe de compras de Techint, pero su currículum es amplio.
Trabajó para importantes empresas como la petrolera Shell, Johnson Controls Automotive y Roche
Pharmaceuticals, entre otras. Siempre ocupó puestos jerárquicos”. El status
social y económico de los/as Rawson,
pareciera influir en la designación que se hace de la víctima, en los aspectos
de su vida íntima que se revelan o se omiten, en las fotos que se muestran,
básicamente, en la ética periodística.
Distinto fue el
abordaje del caso Candela Rodríguez de ocho años, de Villa Tesei, que fue
encontrada asesinada el 22 de agosto de 2011. Varias de las imágenes que se
muestran de la víctima –chica de barrio, de familia humilde-, exhiben el perfil
de una niña sexualizada. Las
principales versiones que manejaron los peritos, fue la del ataque sexual por
un lado que, por la publicación de fotografías “sugestivas” y referencias a un
supuesto “encuentro” de la menor con el que resultó ser su secuestrador, dejan
un margen de desconfianza respecto de Candela y relativizan su consentimiento.
Las prácticas o intenciones sexuales no reproductivas en una niña
constituyen un objeto de pánico moral
doblemente censurado: por desobedecer a los mandatos esperados no sólo por su
género, sino también por su etapa madurativa. Otra de las conjeturas centrales
fue la de un arreglo cuentas con el padre de Candela, resaltando la hipotética
inmoralidad por parte del progenitor al estar involucrado en negociados turbios
y con el mundo delictivo, haciéndolo indirectamente responsable del crimen de
su hija. En este caso, la desconfianza aparece por el componente de clase, que
no sólo se reduce al nivel de ingresos, sino también al acceso a determinados
bienes culturales, a la incidencia en ciertas prácticas y circuitos.
En líneas
generales, el caso de Ángeles resulta una oportunidad para tematizar la
retórica de la inseguridad, identificando la familia damnificada como la
prototípica de buenos/as ciudadanos/as; mientras el caso Candela, puso en duda
la moralidad de su familia, otorgándole vinculaciones con el crimen
organizado, ratificando operaciones de
estigmatización social de la pobreza.
En una editorial
del diario La Nación del día 13 de junio, a propósito del femicidio de “la
niña”, se reflexionó en torno a la destrucción del entramado social que está
produciendo el garantismo penal,
proponiendo el endurecimiento de las penas y la privación de los derechos
humanos para los/as delincuentes. En el análisis de las condiciones materiales
de inseguridad que favorecieron a la concreción del asesinato, reconoció las
siguientes falencias estructurales materiales
y decisivas: “Las cámaras de seguridad
sirven como prueba, pero no han evitado que se cometan los más variados
atropellos (…) el desempeño policial es posterior a los acontecimientos (…)
falta prevención, trabajo conjunto entre los distritos y las distintas fuerzas
de seguridad.”
Vale repensar las cadenas
simbólicas que construyen el significante seguridad
en esta clase de discursos, de dónde provienen y en qué derivan, qué niegan. El
estado de inseguridad en que transcurren su día a día las mujeres -agresiones
abiertas tanto verbales, físicas psicológicas y sexuales- en el espacio público
y el privado, es englobado e indisociado junto con robos simples o calificados,
ya sean salideras bancarias, asaltos comerciales, incautación de
estupefacientes; desfigurando las problemáticas particulares que encierra la
violencia de género. Más allá de “la
tasa anual de femicidios”, sus formas de ejecución, la concepción masculina
sobre el valor de la vida de las mujeres y el derecho “natural” de apropiación
de su sexualidad y sus cuerpos que se adjudica, resultan factores comunes.
Violencias simbólicas que son posibles y estables por la sujeción, identificación y apropiación de prácticas
sociales y patrones de conducta, propuestos por la sociedad patriarcal, tanto
para varones como para mujeres. Estos procesos “identitarios” se asientan por
reiteración desde la infancia y a lo largo del tiempo, pero nunca son
absolutos, completos, ni existen de una vez y para siempre. Contrariamente, en
cada nueva situación en que la llamada performance
de género se reactualiza, emerge
paralelamente nuevas posibilidades fuga, de quiebre y amenaza de su
continuidad. (Butler, Laclau, 1999).
Esta perspectiva política de análisis de
los fenómenos sociales –abierta, contingente y provisoria- es realista, en el
sentido que reconoce el alcance y la eficacia de la subjetividad machista
en las relaciones interpersonales, pero
optimista porque desconfía de la aparente rigidez y fatalidad de las estructuras vigentes;
porque, en definitiva, admite y apuesta a la transformación de los sujetos y las sociedades.
Butler Judith y Laclau Ernesto (1999), “Los
usos de la igualdad”, Debate Feminista, año 10, volumen 19, abril, México D.F.
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